Por Alejandro Urueña - Ética e Inteligencia Artificial (IA) - Founder & CEO Clever Hans Diseño de Arquitectura y Soluciones en Inteligencia Artificial. Magister en Inteligencia Artificial.
Hay textos que no se leen: se consumen. El 1 de julio, la empresa estadounidense Palantir —fundada en 2003 con capital semilla de la CIA, hoy valuada en más de 300.000 millones de dólares— no publicó un paper, ni un comunicado, ni un documento técnico. Publicó un hilo de Twitter (hoy X). Nueve puntos, en su cuenta oficial, bajo un título de vocación bíblica: “Nuestros pensamientos sobre la importancia de la soberanía de la IA”.
El medio ya es el mensaje. Una corporación que le vende software de vigilancia y análisis de datos a ejércitos y Estados decide filosofar sobre la libertad de las instituciones. La solemnidad de un catecismo con el formato de un tuit. Y vale la pena leerlo despacio, porque es una pieza de seducción casi perfecta. Como toda seducción, funciona haciéndolo desear exactamente aquello que le conviene entregar.
Porque los nueve puntos parecen nueve consejos sueltos. No lo son. Son un silogismo (un razonamiento encadenado, donde cada premisa empuja a la siguiente) y el recorrido va de la autonomía a la obediencia sin que usted note el desvío. Conviene tener en mano una brújula: todo manifiesto tiene tres capas, lo que dice que hace, lo que quiere hacer, y lo que la realidad termina haciendo con él.
El primer bloque —puntos uno a cinco— repite un mandamiento: no cedas lo tuyo. Le dicen que su IA decide su futuro. Que sus datos son un tesoro. Que sus “pesos” (los números internos que un modelo aprende cuando se entrena, es decir, literalmente lo que el modelo sabe) son su destino. Que entregarlos es entregar no solo sus jugadas ganadoras, sino la fábrica misma de jugadas nuevas: lo que ellos llaman “los medios de producción” (en el vocabulario de Marx, las herramientas y recursos con los que se genera la riqueza). Y conviene subrayar algo: entre el mandato (”no cedas lo tuyo”) y las razones que lo acompañan (”tus datos son un tesoro”, “tus pesos son tu destino”) no hay contradicción alguna; al contrario, las segundas fundamentan al primero, y las cinco afirmaciones dicen lo mismo y son todas ciertas. Hasta acá, impecable. ¿Quién podría oponerse a cuidar lo suyo? Nadie. Y precisamente ahí está la eficacia: no lo engañan con una mentira, lo desarman con una verdad. Un silogismo tramposo no necesita premisas falsas; le basta con premisas verdaderas que preparan una conclusión que no se sigue. Estos cinco puntos son esas premisas verdaderas. Lo que dicen hacer es defender su independencia; lo que hacen es ablandarlo para el salto lógico de los puntos ocho y nueve.
El segundo bloque —puntos seis y siete— cambia el verbo: no discutas. Aquí aparece la palabra clave, tecno-politización (meter política adentro de una decisión técnica). Politizar la soberanía, le advierten, es lo que quiere su adversario; le regala una soberanía trucha, decisiones que parecen independizarlo pero que en el fondo le atan las manos. Desarmemos el truco, porque es fino. Llamar “no político” a la inteligencia artificial militar, a la vigilancia masiva, al reconocimiento facial, es en sí mismo el gesto político más astuto que existe: saca esos temas de la mesa donde una democracia los discutiría. Le piden que no delibere. Que escuche “al que está cerca del problema”, no al que “habla más lindo”. Suena humilde. Es lo contrario: es pedirle que renuncie a la única herramienta con la que un ciudadano se defiende, que es preguntar.
El tercer bloque —puntos ocho y nueve— cierra la pinza: obedecé al que gana. Si no hay que escuchar ni al político ni al orador elocuente, ¿a quién? A las instituciones que ganan. A quienes tienen “historial probado de tener razón”. Y como el pasado —dicen— es la única señal del futuro, el que viene ganando tiene razón por el solo hecho de venir ganando. Deténgase acá, porque este es el corazón realmente podrido del asunto. “Tener historial de acertar es la única señal de acierto futuro” no es una tesis sobre la verdad: es la ley del más fuerte disfrazada de epistemología (la teoría de cómo conocemos, de cómo distinguimos lo verdadero de lo falso). Los ganadores tienen razón porque ganan. Es un razonamiento que borra, por diseño, la posibilidad de que la voz disidente, minoritaria o nueva tenga razón antes de haber ganado. Con este criterio, Galileo estuvo equivocado hasta el día en que ganó. Y note la ironía del punto 9, que le prohíbe juzgar “por quién le cae simpático” mientras le ordena juzgar por quién viene ganando, que es exactamente una preferencia por los ganadores.
Y ahora la pregunta que el manifiesto nunca responde en voz alta: ¿quién es ese ganador con historial probado, ese experto que está cerca del problema, esa institución a la que hay que obedecer? Relea los nueve puntos buscando la silla vacía. La ocupa, en silencio, Palantir. El texto que empieza gritándole “¡conservá tu soberanía!” termina susurrándole “delegá tu juicio en mí”. Le vendió autonomía y le entregó un contrato de dependencia.
Hay, además, un detalle de vocabulario que no conviene dejar pasar. El manifiesto habla de datos, de conocimiento institucional, de saberes públicos con palabras de fondo de inversión: “alfa” (en las finanzas, la ganancia extra que un inversor le saca al mercado por encima del promedio), “ventaja”, “jugadas ganadoras”, “tesoro”. Los datos que un Estado tiene sobre sus ciudadanos quedan reencuadrados como excedente competitivo, indistinguibles del edge (la ventaja propietaria, el diferencial que uno posee y los demás no) de un hedge fund (un fondo de inversión especulativo que apuesta a ganarle al mercado). Y en el punto 2, la joya: entregar los datos es ceder “los medios de producción”. Palantir citando a Marx para vender vigilancia. La ironía es tan densa que casi conmueve.
Queda el desenlace, y vuelve todo esto casi cómico. Mientras Palantir predica la soberanía de la IA, los soberanos de verdad la están echando por soberanía. Francia planea reemplazar el software de Palantir en su agencia de inteligencia interior por una firma francesa. Alemania eligió a esa misma competidora europea para su servicio de inteligencia. El Ejército suizo lo rechazó tras un informe propio que lo consideró incompatible con la soberanía suiza, porque —aun con los servidores en suelo suizo— la ley estadounidense puede obligar a la empresa a abrirle los datos a Washington. La soberanía real, la que se ejerce, los alejó de Palantir. La soberanía de marketing, la del tuit, los invita a acercarse.
El caso más ilustrativo, porque toca de lleno la administración de la salud, es el británico. El 3 de junio de 2026, el Comité de Ciencia, Innovación y Tecnología de la Cámara de los Comunes —de composición interpartidaria— publicó un informe (titulado Rewiring the state) que insta al gobierno a usar la cláusula de salida de febrero de 2027 para rescindir el contrato de 330 millones de libras que Palantir tiene con el sistema público de salud a través de la Federated Data Platform (la plataforma que unifica los datos del NHS), y a reemplazarlo por un proveedor británico “más compatible con los valores del Reino Unido”. El comité sostiene, sin eufemismos, que Palantir no debería ocupar un lugar tan central en el sector público. (El informe completo puede leerse acá). Y el timing (el momento elegido para decir o hacer algo) termina de correr el velo: el manifiesto salió pegado al lanzamiento del “Sistema Operativo de IA Soberana” de Palantir junto a Nvidia, que promete a las agencias retener el control total de sus datos, sus pesos y su despliegue. Es decir: los nueve mandamientos filosóficos son, leídos con luz, el folleto publicitario de un producto que se lanzó esa misma semana. No es teología. Es catálogo.